
Una ola de manifestaciones sin precedentes sacude a Irán en medio de una profunda crisis económica y social. Las protestas ya se extienden por gran parte del país, con decenas de muertos, miles de detenidos y consignas inéditas contra el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei.
Irán atraviesa uno de los momentos más críticos de las últimas décadas. En un contexto marcado por una histórica sequía, una inflación descontrolada y una fuerte pérdida del poder adquisitivo, miles de ciudadanos salieron a las calles en distintas ciudades del país para protestar contra el régimen teocrático. Las manifestaciones, que tienen a Teherán como epicentro, se multiplicaron rápidamente y derivaron en una escalada de violencia que deja, hasta el momento, al menos 39 muertos y más de 2.260 detenidos, según organizaciones de derechos humanos.
El descontento social se expresa ya en alrededor de 250 ciudades, abarcando 27 de las 31 provincias de la nación persa. Las fuerzas de seguridad respondieron con una represión severa, que incluyó el uso de munición real, gases lacrimógenos y detenciones masivas, en un intento por contener una protesta que desafía abiertamente a los pilares del sistema político-religioso iraní.
Uno de los aspectos más significativos de esta ola de manifestaciones es la radicalización de las consignas. En las calles y desde los balcones de Teherán se escuchan gritos de "muerte a Jamenei", una consigna impensada hasta hace poco tiempo en un país donde cuestionar al líder supremo podía acarrear duras represalias. En varios puntos del país, manifestantes quemaron imágenes de los principales dirigentes de la Revolución Islámica, en un gesto simbólico que refleja la profundidad del rechazo.
Una de las escenas más difundidas ocurrió el jueves 8 de enero, cuando una mujer sin velo fue fotografiada encendiendo un cigarrillo tras incendiar una imagen del ayatolá Alí Jamenei, una postal que se volvió viral y que sintetiza el desafío abierto al régimen.
Crisis económica, social y religiosa
El origen inmediato de las protestas se encuentra en la grave crisis económica que atraviesa el país. La moneda nacional sufrió una caída histórica, con un valor que ronda 1,5 millones de riales por dólar, mientras la inflación anual ya alcanza el 42%, erosionando los ingresos de millones de iraníes. La suba constante de precios, la escasez de recursos básicos y el deterioro de las condiciones de vida actuaron como detonantes de un malestar acumulado.
A este escenario se suma el aislamiento internacional y las acusaciones de Estados Unidos e Israel, que señalan a Irán como financiador de organizaciones armadas como Hamás en Gaza, Heizbolá en Líbano y los hutíes en Yemen, lo que profundiza las sanciones y limita las posibilidades de recuperación económica.
Las protestas se intensificaron tras el llamamiento del príncipe heredero en el exilio Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán, quien convocó a manifestaciones masivas los días jueves y viernes a las 20:00. En respuesta, el régimen aplicó un apagón de internet y de las comunicaciones telefónicas, una medida que fue confirmada por la empresa de ciberseguridad Cloudflare y la organización NetBlocks, que atribuyeron la interrupción a una interferencia directa del Gobierno.
Las comunicaciones internacionales también se vieron afectadas: llamadas desde Dubái hacia Irán no lograban conectarse. En antecedentes recientes, este tipo de apagones precedieron operativos represivos de gran escala, lo que incrementó la preocupación de la comunidad internacional.
Cuando llegó la hora fijada por Pahlavi, numerosos barrios de Teherán estallaron en cánticos. Testigos relataron gritos de "¡Muerte al dictador!", "¡Muerte a la República Islámica!" y consignas a favor del antiguo régimen monárquico, como "Esta es la última batalla, Pahlavi volverá". Miles de personas fueron vistas en las calles, mientras mercados y bazares cerraron en señal de apoyo.
En un comunicado, Pahlavi instó a la movilización popular y advirtió que "el mundo y el presidente Donald Trump observan de cerca" la respuesta del régimen. Sin embargo, pese a la magnitud del movimiento, analistas advierten que las protestas carecen aún de una conducción clara, un factor que debilitó levantamientos anteriores.
Las autoridades, no obstante, parecen tomarse en serio la amenaza. El diario ultraconservador Kayhan difundió un video en el que se advierte que las fuerzas de seguridad utilizarán drones para identificar a los manifestantes, mientras el Gobierno evita, hasta ahora, ofrecer una evaluación oficial de la crisis que sacude al país.